El desenlace parecía fatal para madre e hija, hoy AMBAS están sanas
Mi nombre es Amanda Solomon. Cuando descubrí que estaba embarazada de nuestra hija menor, tenía 38 años y ya era madre de tres niños de 19, 6 y 3 años de edad. También soy sobreviviente de cáncer, vencí un linfoma no Hodgkin a los 24 años.
Después de haberme sometido a quimioterapias muy agresivas durante mi tratamiento contra el cáncer, me dijeron que probablemente no podría tener más hijos. Aunque estaba desilusionada, tenía dos hijos maravillosos y estaba agradecido de tenerlos. Sin embargo, un año después de haber terminado mi quimioterapia de mantenimiento volví a quedar embarazada. Tuve un embarazo hermoso, del que tuve otro niño completamente saludable.
Después de tener a mi tercer hijo, empecé a sufrir de graves hemorragias durante mis reglas. Me sometí a un procedimiento llamado ablación endometrial, que implica quemar el revestimiento del útero. Dejé de tener mi menstruación y mi médico me dijo que era imposible que volviera a quedar embarazada, puesto que sin revestimiento un bebé ya no tiene de dónde afirmarse.
Sobra decir que no lo podía creer cuando vi las dos líneas rosadas en el test de embarazo. Esa misma semana fui a la doctora a confirmar mi embarazo y supe que estaba de cinco semanas. Aunque tenía un leve sangrado, la doctora me dijo que todo estaba bien, pero que si empeoraba fuera al hospital, dado que después de una ablación los embarazos ectópicos son frecuentes.
Ese sábado empecé a sangrar profusamente y fui al hospital. Después de una ecografía transvaginal, una abdominal y un examen de sangre, se confirmó un aborto espontáneo. Quedé absolutamente destrozada.
El médico dijo que podía ver un pequeño saco gestacional en el cuello de mi útero, y que pronto lo iba a expulsar, lo cual efectivamente ocurrió. Estaba triste, pero entendí que mi probabilidad de tener un embarazo exitoso era mínima.
Intenté seguir con mi vida, pero durante las 6 semanas siguientes seguí sintiéndome muy mal, entonces decidí hacerme otro test de embarazo para ver si era porque tenía residuos de hCG (la hormona que el cuerpo secreta durante el embarazo). Ese mismo test también mide cuánto tiempo ha transcurrido desde la última ovulación. Arrojó no sólo que estaba embarazada, sino que ya estaba de 12 semanas. Llamé a la consulta de mi doctora y traté de explicar que seguía embarazada, pero al parecer no entendieron lo que quise decir y me dieron una cita para tres semanas más tarde.
Yo estaba muy angustiada. No podía dispuesta a esperar tres semanas para saber qué estaba pasando, no sin perder la cordura. Fui a otro lugar a hacerme una ecografía y ahí estaba mi bebé, pateando y moviéndose como si no tuviera ninguna preocupación en su vida.
Me sentí muy aliviada. Aparentemente eran dos y yo sólo había perdido uno.
Llamé otra vez a mi doctora y le describí la situación en mayor detalle, así que decidió verme al día siguiente.
Escucharla decir: “Lo siento, pero deberías considerar seriamente interrumpir este embarazo. Los embarazos como el tuyo nunca terminan bien.” se sintió como una puñalada en mi corazón.
Estar sentada en la camilla de examinación, embarazada de 12 semanas y escuchando a mi doctora decir esas palaras era irreal. Me estaba diciendo que tener a mi bebé podía matarme. Yo, la férrea defensora del no nacido, ahora estaba en la situación usada tantas veces como argumento a favor del aborto. Antes de entrar en pánico, me sobrevino una risa casi delirante por lo irónico de lo que pasaba. Ese momento se desvaneció rápido y me comencé a asustar, cuando me di cuenta que la doctora estaba esperando una respuesta de mi parte.
Además del miedo, sentí rabia. La misma doctora que acababa de escuchar los latidos de mi hija conmigo, la misma que me la había mostrado en la pantalla pateando y moviéndose, me estaba diciendo que debía matarla. Tomé aire y le dije que no interrumpiría el embarazo y que iba a luchar por mi bebé tanto como pudiera, sin importar los riesgos. Me dijo que entendía pero que ya no podía ser mi doctora, y en su lugar me derivó a un especialista en medicina materno-fetal.
Antes de mi primera cita, yo era un manojo de nervios. ¿Y si ella también me presionaba para que me hiciera un aborto? Sin embargo, mis temores resultaron ser infundados. Me tomó la mano y me dijo que podíamos hacer esto, que sería difícil, pero que podríamos superarlo sin matar a mi bebé y sin morirme yo. ¡Me dio tanta paz!
Durante las siguientes semanas me empezaron a ver cada dos semanas. El problema de quedar embarazada después de una ablación es que el revestimiento del útero es muy delgado y no está diseñado para mantener un embarazo. El riesgo de otras complicaciones, tales como placenta previa o acreta es alto. A las 22 semanas me diagnosticaron una placenta previa completa, una condición muy riesgosa en que la placenta cubre completamente el cuello del útero. A las 26 semanas, tuve una hemorragia masiva.
Camino al hospital lo único que pensaba era: “Me voy a morir y mi bebé también”. La sangre salía de mi cuerpo a borbotones. No se me ocurría cómo mi bebé podría sobrevivir. Pero cuando me hospitalizaron, ella estaba bien. Yo, por otra parte, no tanto. Me dieron esteroides y magnesio para preparar a mi hija para nacer antes de tiempo. Me prepararon para el hecho ya evidente de que mi niña iba a ser prematura.
Otra vez me dominaba el miedo, pero seguí adelante. Después de estar sangrando dos semanas, por suerte sin afectar a mi bebé, la hemorragia se detuvo. Mis médicos eran cuidadosamente optimistas al decirme que podía llegar hasta las 33 semanas, momento en el que planeaban sacar a mi bebé por cesárea y hacerme una histerectomía.
Desafortunadamente, lo riesgoso de mi embarazo significaba que debía permanecer en el hospital hasta el momento del parto. Nunca en mi vida había estado tan deprimida como cuando estuve confinada a ese hospital a una hora de distancia de mi casa y de mis hijos. Mis enfermeras se convirtieron en mi familia, y cuando empecé a contarles mi historia llegaban más enfermeras a escucharla cada día. Incluso con las cosas malas que veían, se dieron cuenta de que estaban presenciando un milagro y ellas eran una parte de él.
Todos los días me veían mis médicos mientras planeaban mi parto. Sospechaban que también tenía placenta acreta, además de la placenta previa. La acreta es una condición peligrosa en la que la placenta se implanta demasiado en el útero.
En casos de acreta, la placenta puede invadir otros órganos y causar hemorragias durante el parto, matando a la madre y a veces también al bebé. El día del parto me prepararon para una cirugía mayor: reservas de sangre en espera, bajo anestesia general, con una intravenosa en cada brazo y otra en mi pecho. Al abrirme descubrieron que también tenía placenta percreta, la forma de acreta más peligrosa. Mi placenta había atravesado mi útero y se había adherido a mi vejiga y a mis arterias.
Durante la cirugía me desangré. Me hicieron transfusiones pero yo seguía sangrando. Después de 6 horas de cirugía me realizaron un empaque quirúrgico, me suturaron y me conectaron a un respirador artificial hasta que pudieran determinar de dónde venía el sangrado.
Los médicos hablaron con mi familia y les dijeron que habían hecho todo lo que había podido. Mi hijita, Sadie, nació pesando 2,5 kg. y estaba en la UCIN, pero en muy buenas condiciones. Me desperté en la unidad de cuidados intensivos y mi pareja me contó lo que había pasado. Me mostró fotos de mi bebé y yo estaba maravillada de ver lo luchadora que era. No podía estar despierta y con el respirador, así que me volvieron a dormir. La siguiente vez que abrí los ojos estaba saliendo del quirófano, donde habían encontrado las dos arterias que sangraban, las habían reparado y me habían retirado el empaque quirúrgico.
Estaba viva e iba a poder ver a mi hija. El momento en que conocí a Sadie siempre será uno de mis mejores recuerdos. Recuerdo la abrumadora alegría, alivio y orgullo que sentí. ¡Sadie y yo habíamos sobrevivido!
Decir que es una luchadora o que tiene un propósito es decir poco. Dios tenía un plan para esta niña, sólo hacía falta que yo estuviera dispuesta a gestarla. Yo siempre he tenido una opinión muy firme sobre el aborto, que cada vida importa independientemente de lo corta o insignificante que parezca, pero esta experiencia puso a prueba mis convicciones y las llevó al límite. Hubiera sido mucho más fácil hacerme un aborto, yo tenía motivos más que suficientes. Pero luché por Sadie y agradezco todos los días haberlo hecho. Sadie hoy tiene 9 meses y todos quienes la conocer hablan de lo encantadora que es su personalidad. Sé que Dios tiene un plan para ella y rezo para que mi testimonio le permita nacer a otro niño. Ese propósito me basta y me sobra.
escrito por Amanda Solomon, blogger en Life Defenders
Traducido para Defensores De La Vida por Gabriela Statt
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